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Vaciar todo

Lo excepcional fue tener que defenderme por defender a mi hijo.

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 Inma
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(@Inma)
Registrado: hace 8 meses
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Soy madre y docente de primaria en el centro público donde estudian mis hijos.
Mi hijo mayor empezó a sufrir situaciones de rechazo y hostilidad por parte de un grupo de compañeros desde cursos muy tempranos. Al principio eran pequeños gestos: aislamiento, burlas veladas y dinámicas de dominación social propias del acoso relacional. Con el tiempo, estos comportamientos fueron aumentando en frecuencia e intensidad.
Desde el principio mi hijo empezó a mostrar cambios que me alertaron: tristeza, baja autoestima, miedo a ir al colegio y síntomas físicos de ansiedad. Recuerdo una noche, en 2º de primaria, que me llamó porque no podía respirar, fui a por suero y cuando me vio me dijo: por la nariz sí puedo respirar es aquí donde me molesta (tocándose el centro del pecho).
Como madre, hice lo que cualquier madre haría: observar, recopilar, pedir ayuda y comunicar lo que veía a sus tutoras, además de llevarlo al psicólogo para que o dotara de herramientas. Desde casa siempre fue escuchado, respetado y validamos lo que sentía.
Durante varios cursos:
Informé a tutores cuando algo ocurría.
Intenté dialogar con las familias implicadas desde el respeto.
Acompañé a mi hijo emocionalmente.
Fui anotando cada incidente relevante y enviando ipasen.
No quería señalar ni crear conflicto, solo protegerlo y evitar que la situación se cronificara.
En un momento concreto, años más tarde, dos episodios de agresión física (sumados a los años de acoso relacional) me hicieron ver que la situación había dejado de ser un “conflicto puntual”.
Mi hijo empezó a tener síntomas de estrés, los domingos lloraba por enfrentarse a la nueva semana, una mañana no consiguió subir a clase hasta las 10 de la mañana…verbalizaba miedo.
Fue entonces cuando entendimos que era necesario activar los mecanismos oficiales.
Actuamos como familia, no como docente:
Contacté con el centro pidiendo que se valorara la situación.
Pedí asesoramiento a la asociación ANAR.
Apoyé mi solicitud con un informe detallado, ordenado y respetuoso.
Pedí que se protegiera a mi hijo y se observara la dinámica del grupo.
El protocolo se abrió, porque ANAR intervino, no porque el equipo directivo lo viera conveniente.
Durante el periodo de observación no se registraron nuevos episodios, por lo que se decidió cerrarlo por falta de indicios en ese momento concreto.
Tras el cierre del protocolo, el grupo de familias reaccionó con hostilidad:
Presentaron una denuncia conjunta contra mí ante Inspección Educativa, buscando abrirme un expediente disciplinario y que me sancionaran de empleo y sueldo.
No por mi papel como madre, ya que actué según lo reglado siguiendo el protocolo. Sino intentando atacarme en mi rol docente.
Alegando hechos que no eran ciertos o estaban sacados de contexto. Fue difamación y calumnias.
Ese movimiento fue vivido por mí como una represalia clara por haber protegido a mi hijo.
Esto me lo comunicó el inspector frente al equipo directivo.
Mi percepción fue:
- Falta de sensibilidad hacia el sufrimiento de mi hijo.
- Minimización de la importancia de los hechos previos.
- Un inspector que llegó a responsabilizarme del conflicto por “hablar demasiado” o “detallar en exceso”.
- Nos pidió que nos quedásemos quietos o esto nos salpicaría a todos.
- Poca comprensión de las dinámicas de acoso relacional.

Aunque finalmente Inspección concluyó que no había motivo para abrir expediente contra mí, la sensación de desprotección fue muy profunda.
Más profunda aún si añadimos que ante tal circunstancias tuve que defender sola mi rol como docente delante de un equipo que se quedó en silencio absoluto, un equipo que jamás ha recibido una queja sobre mi como profesional. La falta de compañerismo y de humanidad fue desgarradora.
La presión, las represalias y la falta de apoyo institucional tuvieron efectos serios en mi:
- Ansiedad severa.
- Palpitaciones, insomnio y síntomas físicos.
- Baja médica.
- Miedo a salir a la calle o coincidir con ciertas familias.
- Sensación de injusticia y vulnerabilidad.
- Pero, también un aprendizaje poderoso:
No fui yo quien actuó mal. Fue el sistema el que falló.

Esta experiencia me ha mostrado:
- Que muchos casos de acoso se normalizan durante años.
- Que cuando una madre rompe el silencio, algunos adultos reaccionan con negación, ataque o represalias.
- Que la formación de equipos directivos e inspección en acoso es aún insuficiente.
- Que los niños que acosan rara vez son acompañados y los que sufren quedan desprotegidos.
- Que cuidarnos como madres no es egoísmo, es supervivencia.
- Que la falta de empatía adulta es un caldo de cultivo para el acoso infantil.
- ⁠
Ahora estoy centrada en:
- Curarme.
- Sostener emocionalmente a mi hijo.
- ⁠Formarme para poder, algún día, ayudar a más familias y docentes a prevenir y abordar el acoso escolar con humanidad y rigor.
-
Mi historia no es excepcional. Lo excepcional fue tener que defenderme por defender a mi hijo.

Si el sistema escuchara a las madres sin atacarlas, muchos niños dejarían de sufrir en silencio.

Desde mi experiencia estoy activa en redes, te he compartido en alguna ocasión alguna publicación. Me encantaría llegar q más madres con mi contenido y que sientan que no están solas. 


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