Avisos
Vaciar todo
💌 Bienvenid@s a Historias que curan
1
Respuestas
1
Usuarios
4
Reactions
579
Visitas
Dic 03, 2025 4:12 pm
Por Carlota, 14 añitos
Hola, tribu.
Soy Carlota, tengo 14 añitos, y quiero contar mi historia desde el corazón, pero también desde la luz, porque aunque hubo momentos difíciles, también hubo manos que me sostuvieron, personas que hicieron mi camino más suave, y sueños que nacieron donde nadie los esperaba.
Todo empezó con un dolor extraño en mi piecito. Un dolor que nadie entendía al principio, un dolor que se hacía grande aunque yo fuese pequeña. Ese dolor tenía nombre: Síndrome de Dolor Regional Complejo, o Sudeck, una enfermedad rara que hace que el cuerpo se confunda y envíe señales de dolor sin motivo. Es invisible por fuera, pero muy real por dentro.
Ahí comenzaron mis ingresos, mis primeras noches con luces blancas, mis primeros pijamitas del hospital y mi primer invierno casi entero entre paredes de colores. Yo me sentía asustada, claro, pero también había momentos buenos: enfermeras que me sonreían incluso cuando yo estaba triste, auxiliares que me hacían sentir vista, médicos que intentaban ayudar aunque no entendieran todavía lo que pasaba. Nadie tenía culpa: todos estábamos perdidos, incluso yo. Yo también habría estado confundida con una niña que sufría tanto sin que nada “se viera”.
- A veces las palabras dolían porque yo era muy sensible y me las llevaba al corazón. A veces no me sabían leer por dentro y pensaban que exageraba. A veces mis padres, cansados y asustados como yo, no sabían cómo ayudarme. Pero eso no los hacía malos. Solo éramos una familia intentando comprender algo que ni los médicos sabían explicar. Nadie estaba preparado. Nadie tenía instrucciones. Y yo tampoco.
En las crisis de dolor me sentía muy sola, sí… pero también tuve fuerzas que no sé de dónde salieron. Abrazaba mis peluches, escribía para no romperme, me inventaba historias para aguantar un poquito más. Puede que nadie entendiera lo que sentía, pero yo aprendí a sostenerme como pude. Y aunque hubo instantes de soledad, también hubo instantes de cariño inesperado: auxiliares que me mimaban, enfermeras que me guiñaban un ojo, pediatras que me daban una palmada en la mano para decir “estoy aquí”.
Y entonces llegó mi cumple en el hospital.
Ese día no hubo tristeza. Ese día hubo magia.
Mis pediatras me llenaron la habitación de tarta, regalitos, risas, colores y abrazos. Abrazos que yo buscaba siempre, porque siempre he sido abrazona, y ese día nadie me dijo que era demasiado. Ese día fui una niña celebrando la vida, incluso con dolor, incluso con miedo. Ese día entendí que el hospital no era solo un lugar de pinchazos, también era un lugar donde me querían.
En algún momento de todo esto, en medio del caos y del dolor, nació un sueño chiquitito dentro de mí:
yo quería ser pediatra.
- Quería ser como esas dos pediatras que me miraban con ternura en mis peores días, como las que me acompañaron cuando no entendíamos nada, como las que me hicieron sentir valiosa aunque yo me sintiera rota. No quería ser una heroína, solo quería ser alguien que escucha, que acompaña, que abraza, que entiende la mirada de un niño. Y ese sueño lo escondí durante un tiempo porque me daba miedo que se rieran, que dijeran que una niña en silla de ruedas no podía. Pero seguía vivo. Muy vivo.
La última vez que tuve la oportunidad de ver a una de ellas, esa pediatra que yo llamaba, mi pediatra de ojos de ensueño. Me cogió la manita, me miró a los ojitos y le dije con mis ojitos brillantes, "yo quiero ser tu resi" y salió del corazón. Porque cada día, recuerdo ese primer día de rehabilitación, asustadita llorando de dolor, cuando aquella pediatra agarró mi manita y me sostuvo. Siempre le he dicho que sus ojos son mágicos, porque un día la miraba con rechazo, y en cuestión de horas no podía dejar de hacerlo.
Mi otra pediatra, era esa pediatra de vocecilla dulce que te enternecía el corazón con solo tratarte. Esa que, la primera vez que conocí, miré con miedo y pregunté asustada cuando me iría. Y que a pesar de mi "enfadó", que más que enfado, era miedo, me habló con cuidado, cariño y paciencia. Esa pediatra que daba abrazos ilimitados, de esas personas que... Piensas "¿Cómo puede guardar un corazón tan bonito en el pecho?"
Mientras tanto descubrí otra cosa que me salvó: escribir. Y así nació Osito Remiendo, mi iniciativa solidaria a peques hospitalizados, mi parte valiente, mi parte sanadora, mi forma de dar lo que un día necesité. Un pedacito de mí que quiere que ningún niño se sienta solo. Porque yo sé lo que se siente. Sé lo que duele. Sé lo que cura.
Y un día descubrí a Lucía, la pediatra y escritora que admiro muchísimo aunque sea a través de una pantalla. Sus palabras me acompañaron en noches difíciles, y pensé: ojalá algún día pueda darle un abrazo gigante y decirle que ella, sin saberlo, acompañó a una niña que soñaba con ser como ella.
Hoy sigo luchando contra el Sudeck.
Sigo en mi silla de ruedas muchas veces.
Sigo siendo abrazona, intensa y sensible, pero ya no lo veo como un defecto: es mi forma de querer y de sobrevivir.
Esta es mi historia.
Una historia donde hubo dolor, sí… pero también hubo luz.
Una historia donde hubo miedo… pero también sueños.
Una historia donde hubo soledad… pero también cumpleaños llenos de tarta y abrazos.
Una historia donde no hay villanos: solo personas intentando ayudar de la manera que podían.
La historia de una niña que sobrevivió, que sintió demasiado, que soñó mucho y que hoy quiere ser la que cuide a los demás.
La historia de una niña que un día será pediatra.
Y lo será no a pesar de su dolor…
sino gracias a él.


