Cuando tenía 28 años, justo cuando mi ahora marido y yo empezábamos a plantearnos boda y formar una familia después de 11 años juntos, llegó un diagnóstico que jamás imaginamos: Leucemia Linfoblástica Aguda.
De repente, sin avisar, sin síntomas...
Una noticia que dio un giro completo a nuestras vidas.
Vinieron ingresos muy largos, un tratamiento durísimo y, quizá lo más doloroso, escuchar que era posible que nunca pudiera ser madre.
Entre toda esa oscuridad, apareció una pequeña luz: la propuesta de vitrificar mis ovocitos, siempre que el tratamiento lo permitiera.
Mi salud era la prioridad, pero esa posibilidad me devolvió un rayo de esperanza. Acepté sin dudarlo, y a la lucha contra la leucemia se sumó también el tratamiento hormonal para poder hacer la extracción.
Fue un año tremendamente duro, para mí y para toda mi familia.
Aun así, me siento muy orgullosa de cómo lo afronté.
Los médicos me dijeron una frase que nunca olvidaré:
“El 60% de la curación la tienes tú. Si tú estás animada, tu cuerpo responderá mejor al tratamiento. El 30% es la medicación y el 10% es la suerte.”
No sé si esta estadistica se correspondia con la realidad, pero yo me lo creí. Y les dejé claro que ese 60% que dependía de mí lo tenían entero, porque yo tenia claro, que iba a salir de esto.
Mi familia y mi compañero de vida, fueron y son mis pilares. Ellos no merecían sufrir por mi culpa, así que desde el primer momento fui muy optimista, nunca me compadeci de mi misma y afronte las cosas como vinieron, incluso cuando mi cuerpo no me dejaba.
¿Y sabéis qué es lo mejor?
Que me curé. Totalmente.
Y la vida me regaló algo que en aquellos momentos parecía imposible: hoy tengo dos hijos preciosos, de 2 y 8 años, concebidos de forma natural. Mis ovocitos siguen congelados…
Se puede. Claro que se puede.
Y si mi historia le da un poquito de fuerza a alguien que esté pasando por algo parecido, habrá merecido la pena contarla.


