Cuando me quedé embarazada de nuestro hijo, jamás imaginé que su camino —y el nuestro— estaría lleno de tantas pruebas. En una de las primeras ecografías, nos dijeron que algo no iba bien en uno de sus riñones. A partir de ese momento, pasamos por un sinfín de ecos, valoraciones y salas de espera hasta que finalmente llegó el diagnóstico: nuestro hijo sería monorreno. Un solo riñón para toda la vida. Aquello nos derrumbó, pero aún no sabíamos que esa sería solo la primera batalla de muchas.
El parto fue durísimo. Una inducción larga, agotadora y, por desgracia, con poca implicación del personal médico. Nuestro pequeño sufrió y tuvo que quedarse dos días en cuidados medios. Verlo allí, tan pequeño, tan vulnerable, fue un golpe que aún hoy cuesta recordar sin un nudo en la garganta.
Parecía que lo peor había pasado, pero dos semanas después detectaron que tenía la cabeza demasiado grande. De nuevo pruebas, hospitales, incertidumbre… y un diagnóstico que nos dejó sin aire: hidrocefalia. Pasamos días enteros perdidos entre el miedo y la desesperación, incluso llegando a pensar en cosas terribles, como si nuestra ausencia si le pasara lo peor podría librarnos de tanto sufrimiento. Fue una etapa oscura y profundamente dolorosa. Finalmente, tras muchas pruebas, nos dijeron algo que cambió nuestra vida: su hidrocefalia era benigna. Por primera vez en meses respiramos.
Mientras tanto, para descartar cualquier secuela, entró en atención temprana en el CAIT por un leve retraso motor. Allí encontramos el primer verdadero refugio de todo este camino: profesionales que no solo lo ayudaron a él, sino que nos sanaron un poco a nosotros. Cada sesión era un abrazo emocional; siempre escuchábamos que iba bien, que avanzaba, que era fuerte. Y así fue: un año después, recibió el alta. Había alcanzado e incluso superado a muchos niños de su edad.
Hoy nuestro hijo tiene 4 años. Está dado de alta en Neurocirugía y continúa seguimiento en Nefrología y Endocrinología, más por precaución que por otra cosa. Es un niño macrosómico pero sano, lleno de energía, vitalidad y una alegría que ilumina cualquier habitación.
Durante un año vivimos tranquilos, disfrutándolo sin miedo, recuperándonos un poco de todo lo que habíamos vivido. Y entonces, me quedé embarazada de nuevo. Pero una semana antes de dar a luz, nuestro hijo sufrió una reacción alérgica. El diagnóstico llegó rápido: alergia a la LTP. Y con ello, regresaron los miedos y la compañía obligada de la adrenalina en el bolso.
Sin embargo, esta vez éramos otros. Quizás porque la vida ya nos había golpeado muchas veces, esta nueva prueba la recibimos de pie. Con miedo, sí, pero con una fuerza que antes no sabíamos que teníamos. Él comenzó una vacuna para tratar su alergia, y cada día demuestra la resistencia y valentía que lo han acompañado desde antes de nacer.
Hoy seguimos adelante, acompañándolo con esperanza y con la certeza de que, aunque el camino no ha sido fácil, nuestro hijo es un ejemplo de fortaleza. Y nosotros, como padres, hemos aprendido que incluso en los momentos más oscuros pueden crecer raíces de coraje, amor y luz.
Esta es su historia. La nuestra. Y ojalá sirva para que otros padres que ahora sufren encuentren un poco de consuelo: los niños son inmensamente fuertes, y nosotros también, aunque a veces lo olvidemos. Nunca están solos. Nunca lo estamos.


